SAN FRANCISCO DE ASIS

SANTA CLARA DE ASIS

SAN JUNIPERO SERRA
 

Madonna Hortelana y Sora Pacífica de Asís, Peregrinas de Ultramar. 21/Ene/2018. El recuerdo de los 800 años de la presencia Franciscana en Tierra Santa nos hace mirar atentamente aquellos primeros días del carisma Franciscano cuando, después del capítulo de Pentecostés de 1217, la pequeña fraternidad de los “penitentes de Asís” amplió sus horizontes y sintió la necesidad de comenzar a anunciar el Evangelio en todo el mundo hasta entonces conocido. Con tal fin, guiados por Fray Elías de Cortona, algunos hermanos partieron hacia la naciente Provincia de Ultramar o de Siria.

En ese momento los viajes al extranjero eran exclusivamente para los Cruzados o para los peregrinos: los primeros, partían armados para liberar los Lugares Santos; los segundos, en cambio, desarmados para visitar los Lugares Santos mismos. Estos viajes eran, además de costosos, muy riesgosos y solo una fe sólida podía motivar a alguien para iniciar y soportar los riesgos y las dificultades que comportaba dicha aventura.

Muy pocos saben que, antes de fray Elías y del joven San Francisco, dos “futuras clarisas”, oriundas de la pequeña ciudad umbra de Asís, fueron peregrinas en Ultramar: se trata de Madonna Hortelana, madre de Santa Clara, y Sora Pacífica Guelfuccio, las cuales, más tarde pasarían a formar parte de la naciente comunidad de la Damas Pobres.

Es precisamente Sora Pacífica quien lo narró personalmente durante el proceso de canonización de Santa Clara, en el cual fue testigo en noviembre de 1253: “dijo que la dicha Madonna Clara había nacido de noble familia, de padre y madre honrados, y que su padre fue caballero (…); conoció a la madre, llamada Madonna Hortelana; la cual viajó allende el mar por piedad y devoción. Y la testigo, igualmente por razones de piedad, viajó a ultramar con ella; y también viajaron juntas al Santo Ángel y a Roma”. (Proceso, Primera testigo, 4).

Por lo tanto, Hortelana y Pacífica fueron compañeras durante las peregrinaciones que, en la Edad Media motivaban a los fieles a obtener las indulgencias. En efecto, en ese periodo, existían algunos lugares establecidos por la Sede Apostólica que brindaban indulgencias, entre ellos la Tumba de los Apóstoles en Roma, San Miguel Arcángel en Gargano y, como una gran excepción, el Sepulcro de Cristo. Sin embargo, ellas no fueron las únicas que partieron desde la pequeña plaza de Asís, efectivamente, las fuentes narran que Bona de Guelfuccio, hermana de Pacífica y fiel compañera de Clara, en las reuniones secretas con Francisco (Proceso, Decimoséptima testigo, 3) fue como peregrina a Roma “por la cuaresma” cuando Clara dejó la casa paterna la noche del Domingo de Ramos.

De Madonna Hortelana también habla el Papa Alejandro IV en la Bula de canonización de Santa Clara Virgen, describiéndola así: “(Hortelana) se dedicaba asiduamente a obras de caridad y de piedad”, del mismo modo, el Papa testifica que “también su madre, llamada Hortelana, mujer entregada a obras de piedad, siguió los pasos de su hija, profesó devotamente la vida religiosa en esta religión, y en ella acabó felizmente sus días la muy hábil hortelana, que produjo tal planta en el huerto del Señor” (Bula de Canonización, 10).

Es desconocido el período de la peregrinación de Madonna Hortelana y Sora Pacífica que, con los transportes de esa época, duraría varios meses. Sin duda, fue antes de 1211 (o 1212), año en que Pacífica entró al monasterio, siendo la primera compañera de la Santa después de la hermana santa Inés. “Y casi noche y día, la mayor parte del tiempo, la servía” en la enfermedad, a lo largo de 42 años en San Damiano (Proceso, Primera testigo, 3). Una clave importante para descubrir el posible período de peregrinación es la tregua firmada por Al-Malik al-Adil, hermano y sucesor de Saladino. “En septiembre de 1204 durante seis años se ofrecían enormes beneficios a los latinos, tanto en el perfil territorial como en las peregrinaciones, en particular, con la apertura de los viajes devocionales hacia Jerusalén y Nazareth” (cfr. Sergio Ferdinandi, La Terra Santa e l’arrivo dei Frati Minori, in rivista Terra Santa n.4/2017, speciale giubileo 800 anni).

¿Qué parte de esta peregrinación le fue contada a Santa Clara? No hay testimonios directos de ello, sin embargo, es posible intuir que el amor de Clara por el misterio de la Encarnación y de la Redención no fue alimentado solo por las fervorosas palabras de Francisco. De hecho, Madonna Hortelana, que desde la infancia formaba a sus hijas a la fe y la piedad, debe de haber compartido y transmitido la gracia y la alegría de su experiencia en Ultramar. Incluso en la leyenda oficial de la vida de Santa Clara está escrito: “Su madre, Hortelana de nombre, que había de dar a luz una planta muy fructífera en el huerto de la Iglesia, abundaba ella misma en no escasos frutos de bien. Pues, no obstante las exigencias de sus deberes de esposa y del cuidado del hogar, se entregaba según sus posibilidades al servicio de Dios y a intensas prácticas de piedad. Tanto, que pasó a ultramar en devota peregrinación, y tras visitar los lugares que el Dios-Hombre dejó santificados con sus huellas, regresó gozosa a su ciudad” (LCI, 1).

“Seguir las huellas del Hijo de Dios” es para Francisco y Clara la forma de vida (RCI VI). Asimismo, ver y tocar la pobreza del Hijo de Dios y de Su Santísima Madre, empujó a Francesco a verlo vivo en Greccio y a experimentarlo indeleblemente en su propia carne en el Monte Alvernia.

Una página casi completamente desconocida de la vida de Santa Clara, es aquella en la que se dice que se le dio la gracia de “ver Belén” en la noche de su última Navidad en 1252, cuando se quedó sola mientras la comunidad se había reunido para rezar el Oficio Divino en la iglesia. Además, es bien sabida la anécdota narrada en la Fuentes Franciscanas respecto a cuando se le dio el consuelo de “oír los órganos y los responsorios y todo el oficio de los frailes en la iglesia de San Francisco, como si estuviera presente allí”(Proceso, Tercera testigo, 30). Por tal motivo, en 1958, fue proclamada patrona de la televisión por el Papa Pío XII. Pero más y más grande, sin embargo, era el consuelo de Clara – como lo testifica Sora Amata – “ella (Sora Amata) oyó a la dicha Madonna Clara que en aquella noche de la Navidad del Señor había visto también el pesebre de nuestro Señor Jesucristo” (Proceso, Cuarta testigo, 16).

Santa Clara no estuvo físicamente en los Lugares Santos, como su madre Hortelana o su fiel compañera Pacífica, pero su fe le mereció ver no las piedras de 1200 o de hoy, sino “el pesebre de nuestro Señor Jesucristo”, y vislumbrar por un momento la Santa Noche de Belén donde el “Santísimo niño, fue envuelto en pobres pañales y acostado en un pesebre” por su Santísima Madre (RCI II, 25).

En estos 800 años, las hijas de Santa Clara en la Tierra Santa han tejido su pequeña historia, fecundada al comienzo por el martirio de las 74 hermanas del Monasterio de Santa Clara en San Juan de Acre en 1291. Después de seis siglos – en 1884 – el carisma clariano volvió a la vida a través de las comunidades de los Monasterios de Nazaret y Jerusalén que aún conservan el amor hacia el misterio de la Encarnación y de la Redención, en comunión con los hermanos de la Custodia de Tierra Santa.

Hermana Mariachiara Bosco
Monastère Ste Claire – Jerusalén

FUENTE: OFM.org

 
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