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6 claves para entregarte completamente a Cristo Jesús. 22/May/2017. Por Diácono Mike Bickerstaff. Practica un examen diario para evaluar que tan bien vives tu fe. Identifica maneras y ejemplo en los que fallas en entregarte a Cristo. Encontramos en el centro del Evangelio de Marcos, la Transfiguración de Cristo (Marcos 9, 2-10), donde aparece de manera prominente, como un estímulo a lo largo del camino desde el Bautismo hasta la Resurrección, un recorrido que debe pasar por la Cruz.

Colócate en la posición de los Apóstoles: han viajado con Jesús desde que comenzó su ministerio público y estoy seguro de que no podrían haber estado más asombrados de lo que habían presenciado desde el bautismo del Señor.

Jesús multiplicó los panes y los peces, caminó sobre el agua, calmó las tormentas, sanó a los enfermos, expulsó demonios y regresó a una niña de la muerte a la vida.

Él perdonó los pecados de los que encontraba en su camino. Él enseñó con una compasión, sabiduría y autoridad que no se habían visto anteriormente.¡Volvió el mundo al revés!

Y durante todo esto, él fielmente hizo tiempo para estar solo en la oración.

Quién es Jesús

¿Qué significa todo esto? ¿Quién es este Jesús? Estas preguntas no sólo fueron preguntadas por las multitudes, sino también ciertamente por los Doce. Finalmente, Jesús les preguntó en Cesarea de Filipo:

"¿Quién dicen los hombres que soy yo?" (Marcos 8,27)

Entonces le contaron lo que se decía de él:

"Juan el Bautista; Y otros dicen: Elías; Y otros, uno de los profetas " (Marcos 8,28)

Imagina por un momento a Jesús escuchando su respuesta y luego volteando las tablas, por así decirlo, y preguntar:

"Pero, ¿quién dices tú que soy yo?" (Marcos 8,29)

Por supuesto sabemos que Pedro respondió con las palabras correctas:

"Tú eres el Cristo" (Marcos 8,29)

Sabemos por cuenta de Mateo que este conocimiento fue dado a Pedro por Dios. Este conocimiento nos viene también de Dios a través del testimonio apostólico de la Iglesia. Sin embargo, como Pedro y el resto de los Apóstoles en ese momento, nuestro conocimiento no necesariamente alcanza a comprenderlo.

Después de este acontecimiento, Jesús predice y los prepara para su próximo sufrimiento, su pasión y su muerte. No necesitaba ser Dios para saber que estos hombres aún no entendían.

Y es entonces cuando hace un largo viaje y toma a Pedro, a Santiago y a Juan, que son los discípulos a quienes más amaba, para presenciar un breve momento en que el velo se retiraría y su divinidad brillaría a través de su alma humana y espíritu divino y sería evidente en su glorioso cuerpo humano: Un cuerpo glorioso en el que su gloria había sido escondida anteriormente.

El mensaje debe ser claro: las pruebas y los sufrimientos por venir son necesarios, pero no deben disminuir ni sacudir su fe, porque la gloria de la resurrección le espera después de la Cruz... como también espera a aquellos que permanecen en su amor hasta el final.

Porque él es nuestro Dios, y como San Pablo nos dice, somos sus coherederos:

"El Espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu que somos hijos de Dios, y si somos hijos, entonces herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, aunque sólo suframos con él para que también nosotros podamos ser glorificados con Él". (Romanos 8,16-17)

La gloria del Cristo transfigurado no sólo lo esperaba en su resurrección, sino que también nos espera en la nuestra. Esta comprensión llevó a San Pablo a proclamar:

"Considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son nada comparados con la gloria que se nos revelará". (Romanos 8,18)

Los tres Apóstoles que poseían una responsabilidad tan grande como los líderes de la Iglesia en su propia institución necesitaban estar preparados para enfrentar el reto que se avecinaba.

Por un breve momento, Jesús les reveló su gloria, les ayudó a comenzar a llegar a la comprensión necesaria de quién es él.

Y estos tres, que representan los "dos o tres" testigos habituales de los tiempos, difundirían la palabra de la gloria de Cristo cuando llegara el momento de hacerlo. Y así, nosotros también tenemos ese conocimiento y el principio del entendimiento.

A continuación se presentan seis claves para entregarte completamente a Cristo

1.- Conoce al Señor en la Sagrada Escritura

Los cuatro evangelios del Nuevo Testamento, así como la totalidad de los libros de la Sagrada Escritura, están disponibles para nuestra generación como nunca antes.

Los ciclos de lecturas para las misas dominicales y diarias brindan la oportunidad de escuchar casi toda la Palabra proclamada en un ambiente litúrgico.

Los textos impresos de la Biblia están disponibles para la mayoría del mundo alfabetizado. Necesitan ser leídos, no sólo con un enfoque académico, sino también devocionalmente, en oración.

Con demasiada frecuencia, nos quedamos atascados perdiendo de vista el contexto del texto en particular y perdemos el panorama general. Así que, de vez en cuando, lee todo un Evangelio, como lo harías con una novela, y quedarás asombrado por el Señor.

2.- Imita al Señor en Su Humildad

Nuestro Dios es la fuente de toda gloria.Jesús es Dios. Así, Jesús siempre poseía la gloria de Dios.Sin embargo, eligió no confiar en su divinidad como el Dios-hombre; Jesús hizo su trabajo.

Primero caminó el sendero que nos pide caminar a cada uno de nosotros, un camino de alegría, pero no uno desprovisto de dificultades. Jesús nos ordena que tomemos la Cruz y le sigamos, por donde quiera que conduzca.

Él no sólo enseñó la gloria que vendrá por nosotros, sino que nos dio una idea de ella, primero en su Transfiguración, luego en su resurrección y finalmente en la Asunción de María.

Sin embargo, en todo esto, él caminó por el sendero de la humildad y así nos pide que sigamos el mismo camino.La entrega a Cristo no llega a los soberbios hasta que ellos también se vacían en humildad.

3.- Imita al Señor en Su Servicio

Los apóstoles fueron testigos del amor y la misericordia, la eterna compasión y ternura de su Dios, al acompañar al Señor.

Él les instruyó que ellos debían ser líderes de servicio que colocaran las necesidades de otros antes que las suyas.

Lo demostró por la forma en que se preocupaba por los oprimidos, los parias, los enfermos y los olvidados.

Su ministerio era de sanación y perdón cuando reveló el amor y la misericordia de su Padre (y nuestro Padre Celestial) a aquellos a quienes conoció.

Si debemos rendirnos a Cristo en tiempos difíciles, debemos imitarlo en tiempos ordinarios, dando la bienvenida a los extraños, ayudando a los necesitados, quienesquiera que sean, y nunca darnos la espalda a nosotros mismos.

4.- No tengas miedo

La entrega requiere confianza. Él nos dice a cada uno de nosotros:

"Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". (Mateo 11,28-30).

De nuevo, Jesús es Dios y se reveló a nosotros. Tal vez sólo tenemos que recordarnos esto de vez en cuando.

Entonces vuelve a escuchar su invitación. ¿De qué tenemos miedo? San Pablo proclama:

"Estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las cosas futuras, ni los poderes, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna otra criatura será capaz de separarnos Del amor de Dios en Cristo Jesús nuestro Señor". (Romanos 8,38-39)

5.- Conócete a ti mismo

Practica un examen diario para evaluar qué tan bien vives tu vida de fe. Identifica maneras y ejemplos en los que fallas en entregarte a Cristo. Busca las causas de estos fallos y toma medidas activas para modificar los factores que conducen al fallo.

¿Es el orgullo, el miedo o la falta de amor desinteresado?¿Son otras las distracciones? Para intentar remediar la causa, uno debe identificar la causa.

Vicios o pecados particulares tienen virtudes correspondientes para su tratamiento. Una vez que identifiques el mal hábito, puedes practicar el buen hábito correspondiente.

6.- Oración y Sacramentos

Ninguna de estas claves será efectiva sin una vida que abrace la oración y los sacramentos.

Frecuenta el Sacramento de la Reconciliación, guiado por un examen honesto y humilde, para permanecer en la gracia de Dios.

La participación interiormente activa en la Santa Misa y la recepción digna de la Sagrada Comunión alimentará la vida de la fe.

Y recuerda al comienzo de cada día que no podemos ser personas de Dios sin ser personas de oración.

La oración es tiempo en la presencia de Dios, dondequiera que estés. Es natural y necesario pasar tiempo con el que amas. Esto es cierto en nuestras relaciones humanas; es especialmente cierto en nuestra relación con Dios quien puede satisfacer todas nuestras necesidades.

Lo alabamos, lo adoramos, le damos gracias, le damos toda la gloria... y nunca olvidamos que es sólo por su gracia que vivimos vidas que son agradables a él, por lo que debemos continuamente, urgente, fiel y expectante orar por su fuerza en nuestra debilidad, particularmente cuando fallamos.

Adaptación y traducción por Rafael Ruiz, para PildorasdeFe.net, del artículo publicado en: Integrated Catholic Life, autor: Deacon Mike Bickerstaff

FUENTE: Pildorasdefe.net
           
    

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